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El dinamismo de la persona humana responde a dos vertientes, entre las cuales puede haber tensión, pero sobre todo cooperación e integración. La primera vertiente es la espiritual y consiste en la tendencia a la verdad y al bien universales, cuya manifestación y cumplimiento últimos no se alcanza en la experiencia del mundo. La segunda responde a la encarnación en un cuerpo, que posibilita y condiciona a la vez las dimensiones psíquica, social y cultural de la vida de cada ser humano. Cada vertiente quedaría abstracta si se la tomara por separado. La concreción de la vida personal implica atender a ambas en su mutua imbricación. Ni un espiritualismo desencarnado ni un reduccionismo biológico, psicológico o cultural harían plena justicia a la realidad vital y existencial del ser humano.